Por: Pastor Carlos Navarro

He sido maestro desde que acepté al Señor en 1983, Dios cambió mi carrera, trabajé contabilidad e informática para grandes empresas y Bancos, no solamente en la República Dominicana, sino también en Estados Unidos.

En enero del año 2000 ingresé al cuerpo docente del Centro Educativo Las Américas (CELA), en muchas ocasiones aprovechaba la ayuda de mis estudiantes para diversos trabajos, ese preciso día, mientras el resto de los estudiantes trabajaba, me reuní con el equipo para corregir unas pruebas, estábamos sentados en círculo. Una de mis estudiantes, Natalia Suero, me dice:

– Profesor, ¡Usted está rojo!

– Debe ser el calor, Natalia – contesté – Todo está bien.

Pocos minutos después vuelve a decirme que me estaba poniendo más colorao’ (rojo), esto le preocupó y salió corriendo a la Dirección de la escuela; regresó al aula con el profesor Tirso Rojas y la Directora del Nivel Medio, Milagros Roche.

Salí del aula, llamaron a mi esposa, decidí irme en un taxi en lo que buscaba el médico y la clínica donde me iba a llevar. En el camino le dije al chofer que me permitiera reclinar el asiento, me sentía tan mal que le expliqué cómo llegar a mi casa en caso de que me desmayara.

El cardiólogo me encontró la presión por las nubes, se me había subido la catecolamina, me hicieron un electrocardiograma y me recetó unos medicamentos.

La situación se “estabilizó” por un tiempo, pocos días antes del gran evento, mi hija Cristina me contó un sueño: “Por la ventana veía cuatro tornados que se dirigían a la casa, que si se unían iba a ser devastador… y yo le dije vamos a Hospiten.”

El día del evento, me dio un fuerte dolor en el pecho, no podía levantar los brazos, mi esposa pasó por mí al CELA y nos fuimos a Hospiten.

Cristina nos decía vayan donde la Doctora Wanda Peña, quien nos atendió, una cardióloga bastante joven – para los cardiólogos que conocía – me hizo todos los estudios, pero al leer los resultados del holter, me llamó para que volviera a repetirlo, no me dio muchas explicaciones, al otro día de quitarme el holter, era ya mediodía y en la noche me llama la Doctora y me pregunta dónde estoy, le contesto que estaba conduciendo bajo una fuerte lluvia, ella me responde que dejara de conducir, si era posible, que comprara unos medicamentos, los tomara con urgencia y que me veía en la mañana a primera hora en su consultorio.

Al otro día, mientras me afeitaba para ir al consultorio, mi esposa Josefina Báez, me cuenta un sueño: Una gran peste en la ciudad, en el asfalto, frente a la casa, había algo pegajoso, los bomberos corrían de un lado a otro, había uno que corría con mucho dinero en los bolsillos y ofrecía prestárselo a los residentes del lugar para enfrentar la situación, cuando el bombero se acercó a mi esposa escuchó que Dios le hablaba y le decía: “¡Eso es abominación! No cogerás prestado”…entonces despertó.

Ya en el consultorio, la Doctora nos dice que consultó a otros dos cardiólogos más, y que el resultado del holter reveló una serie de arritmias, que se habían producido varios infartos y una línea que duró unos segundos: muerte súbita. La conclusión de la Prueba de Esfuerzo fue: “PACIENTE DE ALTO RIESGO”. Recomendación de la Junta Médica: Un marcapaso-desfibrilador.

– ¿Cuánto cuesta eso? – preguntamos.

– Depende del modelo y la marca que escoja, va de dieciocho mil (18,000.00) a veinticinco mil (25,000.00) dólares, con el procedimiento quirúrgico estaríamos hablando de un millón de pesos dominicanos (RD$1,000,000.00).

Sólo pensé que por el Toyota Tercel ’88 no me daban ni treinta y cinco mil pesos (35,000.00) por él. A mi esposa se le salieron las lágrimas, no quería darme la cara para que no la viera.

Pensamos en acudir a otro lugar, Centro de Diagnóstico, Medicina Avanzada y Telemedicina (CEDIMAT), luego al Centro Cardio-Neuro-Oftalmológico y Trasplante (CECANOT) y a Corazones Unidos, pero el precio del desfibrilador era el mismo, el riesgo era el procedimiento. Entonces decidimos Hospiten. La situación fue empeorando hasta que me ingresaron a Cuidados Intensivos, me conectaron a muchos aparatos e iniciaron el proceso de medicación.

El problema: alrededor de un millón de pesos dominicanos, aproximadamente treinta mil dólares.

Una hermana de la Iglesia donde nos congregábamos, Yanilka Carolina Rodríguez estuvo dispuesta a hipotecar su casa para obtener los fondos y cubrir la operación. Pero mi esposa y yo nos aferramos a la promesa de Dios de que no tomaríamos prestado.

Y el Señor se glorificó, en menos de nueve días se recaudó la suma…y para que nadie se gloríe el dinero fluyó de tantos lugares… Dios tocó tantos corazones: exalumnos, alumnos que hicieron kermesse, pidieron, lavaron vehículos… el Señor es tan misericordioso que permitió que el cirujano que me iba a operar pasara justamente donde los estudiantes y muchos padres estaban lavando carros, uno de ellos se le acercó para invitarlo a lavar el carro, él preguntó el motivo y el estudiante le contestó: “Es para ayudar a un profesor muy querido por nosotros que necesita una operación de corazón”. El doctor preguntó por el nombre y le contestaron varios (que se habían reunido alrededor de él): el profesor Carlos Navarro. El doctor García Lithgow les dio el dinero y no lavó el carro, eso hizo que cobrara el 50% menos, cien mil pesos (RD$100,000.00) menos.

El CELA, en la persona de Ismaela Tavárez aportó trescientos mil pesos, mis compañeros de trabajo también donaron; el primer dinero llegó desde Alemania, enviado por mi hija Sharom Merklin, mi madre Hilda Rodríguez suspendió sus labores en la Universidad de Puerto Rico, mis hijas, mis cuñadas Grecia, Betty y Criseida y sus esposos; mis hermanos de la Iglesia, y más que mis compañeros, mis hermanos Tirso Rojas y Fioldaliza Mateo… y aquella persona, que no sé su nombre, que cuando sacamos cuentas para pagar a Hospiten nos faltaba cien pesos y en ese momento nos llamaron del Banco diciendo que una persona había depositado cien pesos. El Señor dio lo justo… ni un peso más, ni un peso menos, a Él sea la gloria.

La operación fue un éxito. Dios obró de una manera poderosa, estuve despierto durante la operación, en oración, mi esposa prácticamente hacía cultos en la puerta de Cuidados Intensivos y la Administración de Hospiten nunca se lo prohibió. Gracias al Dr. Amorós (EPD), a la doctora Wanda Peña Infante, que sigue siendo mi cardióloga y junto a ella puedo decir: Hasta aquí nos ha ayudado Jehová.

Pero en todo Dios tiene un propósito, cerca de mí había un señor llamado José, una noche sentí el Ángel de la Muerte que pasaba frente al lugar donde estaba e iba hacia el lugar donde estaba José. Le pedí en oración al Señor que le diera una oportunidad a José, las lágrimas empezaron a brotar, algo que no podía contener, y sólo podía decir: ¡Ay, Padre!, ¡Ay, Padre! Permítele escuchar de Tú Palabra y sentí como esa presencia se devolvía y salía de la Sala de Intensivos.

Al otro día, mi hija Cristina le estaba predicando el Evangelio, se reconcilió con Dios, pero no permitió que sus familiares y amigos, que llevaban una vida desordenada, se les acercaran, nunca más; no quería contaminarse. Después de la operación me llevaron a una habitación, pero mi preocupación era José, le decía a mi esposa: Ve donde José. Ella me respondía que sí, mi insistencia fue tal que me tuvo que decir: José partió con el Señor, tan pronto saliste de Cuidados Intensivos a Cirugía, murió.

Hasta cierto punto me alegré, porque Dios le dio la oportunidad y José la aceptó.

Mi vida cambió porque también Dios me dio la oportunidad, el privilegio de servirle y de amarle aún más, porque Él es bueno, es misericordioso, y muchas veces pienso ¿quién soy yo para que Él tenga memoria de mi?, siendo pecador, tal vez el peor en la faz de la Tierra, pero estoy justificado por la sangre de Cristo derramada en pago por mis pecados. Si llegaste hasta aquí es porque has leído este testimonio, si no eres cristiano te invito a que entregues tu corazón a Dios, que reconozcas a Jesucristo como tu único y suficiente salvador, para que tengas una vida plena… y no cogerás prestado.