Durante muchos años se me había escapado el evidente paralelismo que existe entre las estaciones del año y como se desenvuelve mi vida espiritual. Si mi corazón está en invierno, no es la estación para producir frutos, sino para aquietar nuestro espíritu, para la reflexión, para meditar… sabiendo que la primavera con sus colores se está acercando. La Palabra de Dios tiene respuesta a esto, y el autor de Eclesiastés nos dice: “Todo tiene su tiempo”

Eclesiastés 3:1-9

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
2 Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
4 tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
5 tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;
6 tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;
7 tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;
8 tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
9 ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?

Cada cosa tiene su tiempo, o forma parte de un ciclo; así como el movimiento de la tierra alrededor del Sol produce las cuatro estaciones, bien diferenciadas; así el corazón del ser humano pasa por diferentes estaciones, aunque no tienen el mismo orden que las estaciones del año, ya que estos ciclos estacionales vienen sin avisar, y no duran tres meses, porque su duración no es específica.

¿Por qué es importante saber esto?

  • Porque en nuestra manera de medir la madurez espiritual, esperamos que los seguidores de Cristo estemos produciendo fruto todo el tiempo.
  • Que estemos siempre de pie.
  • Que marchemos siempre adelante.

En resumen, medimos la madurez espiritual por lo ocupados y alegres que estemos. A cuántos eventos asistimos. En cuantas actividades o ministerios estamos involucrados. Cuántas conversiones hemos logrado; y qué tan “apasionados” estamos con todo esto.

Nuestro modelo de espiritualidad considera idéntico el amor a Cristo, al hacer mucho y hacerlo con emoción… y la consigna es: “A tiempo y fuera de tiempo”

Cada estación tiene sus bellezas particulares, donde puede notarse la diferencia. En la República Dominicana esto no es así. Gozamos de una temperatura estable casi todo el año con ligeras variantes, lo que si tenemos muy definido es cuándo se inicia la temporada ciclónica (30 de mayo) y cuándo se termina (30 de noviembre). Cada estación está conectada de manera esencial con la producción de fruto; en nuestro país tenemos tiempo de mangos, tiempo de aguacates. Es inútil buscar estos frutos en las estaciones que no le corresponden.

Eso mismo sucede con nuestros corazones, las actividades que realizamos deben concordar con la estación de nuestros corazones. ¿Por qué? Estas actividades solo son útiles en las estaciones que les corresponden. Fuera de temporada, son inútiles, no son productivas, o definitivamente perjudiciales.

Para todo hay una estación

Eso me recordó a dos esposos, hermanos de la Iglesia a la cual asistía a principios de los años 1990. Es el caso de Juanita. Ella y su esposo Rafael (nombres ficticios) siempre habían sido miembros activos de la iglesia. Fueron diácono y diaconiza, dirigieron grupos de jóvenes y eran maestros de la Escuela Bíblica de adultos, jóvenes y niños, no importaba donde los pusieran; organizaron reuniones en su casa de grupos pequeños enseñando estudios bíblicos; dirigieron varios ministerios: de adoración, oración, social. El era presidente de la Sociedad de Caballeros. Diezmaban fielmente. Cuando era necesaria una ofrenda especial, no importaba el motivo, ellos eran los primeros. Su casa era un centro de acogida para el grupo de jóvenes cuando sus hijos eran adolescentes. Parecían conocer a todo el mundo. Era una pareja cooperadora, hospitalaria. Siempre que buscábamos a alguien para dirigir algún proyecto nuevo, Rafael y Juanita eran los que estaban en la mente del Pastor.

Un día explotó el escándalo en la Congregación, la secretaria del negocio de Rafael había salido embarazada, al verse compelido a declarar, Rafael confesó que era el responsable de ese embarazo y no solamente eso, sino de una serie de infidelidades que se iniciaron cuando nació su primera hija, prácticamente desde los inicios de su matrimonio. Juanita quedó desolada, aunque trató de recuperarse del golpe, no pudo. Rafael se divorció de ella.
Juanita entró en un cruento invierno emocional, no dejaba de asistir a la iglesia casi todos los domingos, pero se sentaba sola, con la mira fija hacia el púlpito, parecía que miraba al Pastor, pero no lo hacía, sus ojos sin expresión inquirían, buscaban una respuesta, pero de su boca no salía ni siquiera una alabanza, dejó de cantar los himnos, y se marchaba rápidamente antes de que el culto fuese despedido.
Juanita dependía de su esposo, su familia y de las actividades que realizaba para la Iglesia. Y ahora no hace nada de eso. Ahora no está segura de esa fe que la llevó a hacer tanto por la obra de Dios. Oye a otras personas cantar los himnos que una vez ella y Rafael dirigieron desde el frente. Sus ojos se llenan de lágrimas, y todo carece de sentido.
Hay Juanitas en muchas iglesias, tratando de entender quiénes son y dónde está Dios en sus tinieblas. Preguntándose si Dios sabe dónde viven, por qué viven y lo que vive. Hay muchas personas que están en pleno invierno. Y no muchas de ellas saben que “todo tiene su tiempo”.
Estas personas no necesitan palabras para levantarles la moral. No necesitan una pastilla. No necesitan hacer ninguna cosa más. Ellas necesitan que se les diga que para todo hay una estación. Este es su invierno, pero pasará, porque ese que fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:3-5). Jesús llevó sobre sí nuestros dolores, tanto físicos como espirituales, y he ahí la esperanza, la esperanza de que Jesús traerá la primavera.
Si su corazón está en esta estación, es posible que, oculta en su desolación, haya una oportunidad fuera de lo común. Es posible que sea un buen momento para a podar el exceso de responsabilidades y actividades, a cambio de esa paz que sobrepasa todo entendimiento.
¿Qué puede usted cortar y quemar, para luego utilizarlo como abono y hacer al suelo más rico?

Cada estación tiene su ritmo

Así como las estaciones terrestres tienen un ritmo – la Tierra tiene un movimiento de balanceo que permite a cada hemisferio, norte y sur ponerse en el lugar donde los rayos solares sean más perpendiculares, por eso podemos tener invierno en el hemisferio norte y verano en el hemisferio sur, o cuando se produce el equinoccio, tendremos primavera en el norte y otoño en el sur – nuestra vida espiritual tiene un ritmo que necesita moverse a través de lo que se corresponde mejor con las exigencias de la estación que vivimos, con sus límites, y con sus oportunidades.

El ritmo del invierno es la espera. El de la primavera, la preparación. El del verano, el disfrute. Y el del otoño, la cosecha. A medida que avanzamos al ritmo de cada estación, encontramos a Cristo en cada una de ellas. Pero lo mejor de todo es que Él nos encuentra a nosotros: Jesús camina con nosotros. Jesús nos guía. Jesús nos habla. Jesús nos consuela. Jesús nos ama…
Para todo hay una estación. Pero, gracias a Dios, Jesús es el indicado para guiarnos en todas las estaciones.

Dios les bendiga. Dios les guarde.